sábado, 26 de noviembre de 2011

Epifanía a medianoche

Caminamos descalzos. Se caen las medias, zapatos, la ropa, se corren los velos, las convenciones sociales, ya sólo quedan nuestros cuerpos desnudos al descubierto, somos lo que somos y la esencia es nuestra. Caminamos. Libres de ataduras mundanas, de estigmas, de culpas, libres de todo, libres al fin. Somos como aves rapaces volando con el viento en la cara, vos y yo. Entrelazados, nos perdemos en nuestros cuerpos tibios que luchan y  respiran al unísono, enredados en mil nudos de piel que no nos atan. La piel contra la piel, más vivas que nunca. Las narices se acarician involuntariamente, de a poco, cediendo ante la sensualidad de las pieles desconcertadas que se tensan y se mezclan, respiran, se agitan, ríen despreocupadas por cada poro, se desean. Tus manos recorren las extremidades de mi pelo, tocan mi cara serena: no querría estar en ningún otro lado en el mundo. Tus ojos punzantes me miran, de cerca, quietos, intensos al cruzarse con los míos, nos paralizamos en el calor de nuestras miradas: sos mío, al fin. Una luna llena mansa y la noche de verano se ha llenado de perfumes dulces con sabor a fruta ácida y un viejo jazz. Somos nosotros, los mismos de siempre pero distintos. Encapsulados en la fusión de nuestros cuerpos, somos nuestra propia existencia en el desierto del mundo. Somos miel y flores, una luna violenta estremecida sobre el agua, bestias salvajes y pétalos suaves. Somos pedazos de tiza rota esparcida sobre los dedos, ojos abiertos bien grande y piernas eternas que se frotan. Somos rayos de sol de mañana blanca y destellos de relámpago como luciérnagas en explosión. Somos amigos y amantes, libres y esclavos. Quisiera suspender el tiempo y quedar flotando en el aire así con vos en un espacio paralelo. Qué raro que seas vos y que sea yo, después de tanto tiempo, siendo los mismos de siempre pero distintos. 

jueves, 17 de febrero de 2011

La luz

El ceño fruncido, atónito, no puede entender. La garganta reprimida y ensimismada, una bola de fuego ha decidido instalarse entre sus profundidades, como si contuviese el universo entero ahí dentro pataleando violentamente por salir de esa jaula húmeda y oscura, liberarse, expulsarse con ímpetu sobre el lienzo blanco desafiante que tiene enfrente en un vómito repulsivo de manchas de todas las formas y colores más opacos y lúgubres. Una marea revuelta va subiendo ácidamente desde las entrañas, quema con el ardor de su paso, y luego, un grito apocalíptico que sale lanzado con fuerza de bala, expandiéndose y cubriendo el cielo gris, destilando enérgicamente toda la mierda de adentro, desatando ese monstruo interior que todos llevamos muy debajo de la superficie, como si toda la maldad de todos los hombres quedase al descubierto en ese intento desesperado de comprender algo, la vida. El llanto. El dolor. El alma rota. Mis ojos que lloran están rotos también, se deshacen en un mar de lágrimas saladas y amargas que van desdibujando suavemente el contorno de mis ojos, mis pestañas, párpados, como despidiéndose dulcemente, un triste y lento adiós, borrando los ojos de a poco de mi cara. Mi cara ahora está ciega. Para qué ver en este mundo si todo cuanto vemos es sufrimiento y lo más bajo de la miseria humana. El ceño sigue fruncido, no entiende cómo hacer para llevar a cabo la difícil tarea que queda: recolectar y recomponer los pedacitos de alma mutilada que han sido arrancados y tirados en algún lado. Entonces el ceño fruncido se pregunta, ¿y para qué? ¿Por qué? ¿Por qué a ellos y no a mí?
Qué frágiles somos. Nos armamos y fugazmente desangramos. Somos el pétalo de flor más fresco y bello, que luego se marchita angustiosamente en el olvido. Tan rápido. Algo tan lleno de vida ahora se cae al piso muerto, ya no puede sentir su latido, su respiración se ha disecado para siempre. Una flor rota, un cuerpo desangrado; hombre y naturaleza eternamente fusionados, pero fracturados y fríamente tiesos. Escucho una voz fantasmal hecha de agua a lo lejos. Son mis ojos que ya no existen, que, desde alguna parte del espacio, alguna galaxia lejana quizás, se jactan soberbios en su acierto: ¡te dije que era mejor no ver! Qué consolador es resguardarme en la blanca ceguera, aunque en el fondo me gustaría creer que ése no es el camino. Yo quiero ver. Yo quiero vivir. Vivir. VIVIR. Sé que no será mucho tiempo hasta que la luz vuelva a iluminar.      

lunes, 8 de noviembre de 2010

Tu mar (mi mar)

Quiero escribir sobre vos. Vos. En realidad no sé quién sos. Pero me gustás. Y mucho. Me encanta mirarte. Me encanta cuando me mirás y nos miramos. Y entonces me siento un cíclope, atraída y fusionada en tus ojos de océano azul profundo, tan fresco (demasiado quizás), tan puro, tan frío ya, tan distante, tan inalcanzable. Me gustaría poder entibiar las aguas de tu mirada, que me regales aunque sea sólo por un momento una ola cálida que acaricie mi cara, mi cuerpo, mi alma, como si estuviese recostada en la orilla y el sol me pintase de dorado, cálidamente, lentamente, de a pinceladas suaves y finas, mientras tus olas mansas me envuelven, vistiendo y asomando por mi cuerpo desnudo, y me suspiran palabras suaves al oído.  Palabras que sólo yo puedo oír. Que sólo a mí van dirigidas. Puede ser un susurro solamente, que sólo se escucha en un rincón en una playa desierta perdida en el mundo. Las palabras doradas se derriten en mi nuca, como seres alados que juegan y revolotean dulcemente a mi alrededor y luego se desparraman, se diluyen, se extienden por debajo de mi cabeza como si fuesen almohada, y me sostienen plácidamente en tu lecho.      
Pero al fin y al cabo son palabras de mar. El mar es braveza, es rebelión, es intrincado. Tus olas ahora me pegan latigazos punzantes, me alejan, me hieren, como tomando conciencia de que el pacto acordado era tan sólo por algunos segundos efímeros, como si no me estuviese permitida tanta felicidad junta. Luchás por arrastrarme lejos de tu azul, llevarme al agujero negro en la arena, para apartarme para siempre y cerrarme la puerta a tu universo marítimo que se evapora frente a mis ojos tristes y cansados. Y entonces también hay agua en mis ojos, pero éste es otro tipo de agua. Es agua blanca, o plateada, y su luz no brilla, es opaca, los años la han desgastado y apagado, guardándola infinitamente en un cajón blindado y hermético. Mi agua blanqueada (sin color) cae río abajo con mueca de indiferencia y un sabor amargo, con qué poca gracia, lanzándose al vacío no porque quisiera hacerlo sino porque es lo único que puede hacer. Caer. Ya no con indiferencia sino con desesperada resignación. Quisiera dejar de ser cascada. Tan sonsa e insulsa, corriendo siempre en el abismo. Quisiera que me acojas en tu mar. Caigo en vos, en tu río, y tu río desemboca en tu mar. Es como si todo el agua del mundo fuese tuya, tus riachuelos, tus lagos, tus arroyos. Pero ellos siempre fluyen hacia vos. Tu tan inmenso y omnipresente vos. Vos sos mar abierto y yo al caer me materializo en un cajón cerrado de madera gruesa que flota sobre tu superficie y se moja, pero nunca atraviesa esa división impenetrable que marca el afuera y el adentro, yo estoy siempre por afuera. Jamás podría sumergirme, tan siquiera puedo chapotear sobre la superficie, porque soy pesado, la apesadumbrada carga que traigo conmigo no me deja mover, me paraliza, me asesina. Soy un cajón triste, inerte y sin vida, que flota desganado a la deriva sin esperanzas, sin pasión, sin deseos, sin un mañana. La vida se me escurre como el agua entre mis muros agrietados y ásperos, ese agua tan lleno de peces y flores de colores, ¡Ah! Ojalá pudieses lijar mi solidez y llegar a mi vacío interior, quiero llenarme de agua, de vos. Agua de mar, con sabor a sal, a algo, a cualquier cosa que tenga al menos gusto.
 Aunque estés revuelta, tomame, incluíme, arrebatame en tu oleaje furioso. Dame vida, llevame a las extremidades de tu hondura. Saname. Dame de beber de tu viscoso elixir. Rompé mi coraza de madera impermeable y astillada entre tu marea irascible, golpeame, despertame, abrí mis ojos eternamente cerrados en la penumbra. Mostrame que existe un camino mejor. Quiero ser parte de vos. Quiero explorar tu cosmos, descubrirte, conocerte. Dejame entrar, quiero que confluyamos en uno, ya no quiero flotar. Quiero delirarme en tus aguas, y abandonarme en tus profundidades, suspenderme, y volver a caer, pero esta vez caigo tranquila, entregada, en paz, porque sé que no  me voy a ahogar.
Ya ves, yo soy ser humano, soy cíclope, vuelvo a ser humano, soy agua blanca, soy cascada, soy cajón de madera. Y vos, siempre mar.