jueves, 17 de febrero de 2011

La luz

El ceño fruncido, atónito, no puede entender. La garganta reprimida y ensimismada, una bola de fuego ha decidido instalarse entre sus profundidades, como si contuviese el universo entero ahí dentro pataleando violentamente por salir de esa jaula húmeda y oscura, liberarse, expulsarse con ímpetu sobre el lienzo blanco desafiante que tiene enfrente en un vómito repulsivo de manchas de todas las formas y colores más opacos y lúgubres. Una marea revuelta va subiendo ácidamente desde las entrañas, quema con el ardor de su paso, y luego, un grito apocalíptico que sale lanzado con fuerza de bala, expandiéndose y cubriendo el cielo gris, destilando enérgicamente toda la mierda de adentro, desatando ese monstruo interior que todos llevamos muy debajo de la superficie, como si toda la maldad de todos los hombres quedase al descubierto en ese intento desesperado de comprender algo, la vida. El llanto. El dolor. El alma rota. Mis ojos que lloran están rotos también, se deshacen en un mar de lágrimas saladas y amargas que van desdibujando suavemente el contorno de mis ojos, mis pestañas, párpados, como despidiéndose dulcemente, un triste y lento adiós, borrando los ojos de a poco de mi cara. Mi cara ahora está ciega. Para qué ver en este mundo si todo cuanto vemos es sufrimiento y lo más bajo de la miseria humana. El ceño sigue fruncido, no entiende cómo hacer para llevar a cabo la difícil tarea que queda: recolectar y recomponer los pedacitos de alma mutilada que han sido arrancados y tirados en algún lado. Entonces el ceño fruncido se pregunta, ¿y para qué? ¿Por qué? ¿Por qué a ellos y no a mí?
Qué frágiles somos. Nos armamos y fugazmente desangramos. Somos el pétalo de flor más fresco y bello, que luego se marchita angustiosamente en el olvido. Tan rápido. Algo tan lleno de vida ahora se cae al piso muerto, ya no puede sentir su latido, su respiración se ha disecado para siempre. Una flor rota, un cuerpo desangrado; hombre y naturaleza eternamente fusionados, pero fracturados y fríamente tiesos. Escucho una voz fantasmal hecha de agua a lo lejos. Son mis ojos que ya no existen, que, desde alguna parte del espacio, alguna galaxia lejana quizás, se jactan soberbios en su acierto: ¡te dije que era mejor no ver! Qué consolador es resguardarme en la blanca ceguera, aunque en el fondo me gustaría creer que ése no es el camino. Yo quiero ver. Yo quiero vivir. Vivir. VIVIR. Sé que no será mucho tiempo hasta que la luz vuelva a iluminar.