Caminamos descalzos. Se caen las medias, zapatos, la ropa, se corren los velos, las convenciones sociales, ya sólo quedan nuestros cuerpos desnudos al descubierto, somos lo que somos y la esencia es nuestra. Caminamos. Libres de ataduras mundanas, de estigmas, de culpas, libres de todo, libres al fin. Somos como aves rapaces volando con el viento en la cara, vos y yo. Entrelazados, nos perdemos en nuestros cuerpos tibios que luchan y respiran al unísono, enredados en mil nudos de piel que no nos atan. La piel contra la piel, más vivas que nunca. Las narices se acarician involuntariamente, de a poco, cediendo ante la sensualidad de las pieles desconcertadas que se tensan y se mezclan, respiran, se agitan, ríen despreocupadas por cada poro, se desean. Tus manos recorren las extremidades de mi pelo, tocan mi cara serena: no querría estar en ningún otro lado en el mundo. Tus ojos punzantes me miran, de cerca, quietos, intensos al cruzarse con los míos, nos paralizamos en el calor de nuestras miradas: sos mío, al fin. Una luna llena mansa y la noche de verano se ha llenado de perfumes dulces con sabor a fruta ácida y un viejo jazz. Somos nosotros, los mismos de siempre pero distintos. Encapsulados en la fusión de nuestros cuerpos, somos nuestra propia existencia en el desierto del mundo. Somos miel y flores, una luna violenta estremecida sobre el agua, bestias salvajes y pétalos suaves. Somos pedazos de tiza rota esparcida sobre los dedos, ojos abiertos bien grande y piernas eternas que se frotan. Somos rayos de sol de mañana blanca y destellos de relámpago como luciérnagas en explosión. Somos amigos y amantes, libres y esclavos. Quisiera suspender el tiempo y quedar flotando en el aire así con vos en un espacio paralelo. Qué raro que seas vos y que sea yo, después de tanto tiempo, siendo los mismos de siempre pero distintos.
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