Caminamos descalzos. Se caen las medias, zapatos, la ropa, se corren los velos, las convenciones sociales, ya sólo quedan nuestros cuerpos desnudos al descubierto, somos lo que somos y la esencia es nuestra. Caminamos. Libres de ataduras mundanas, de estigmas, de culpas, libres de todo, libres al fin. Somos como aves rapaces volando con el viento en la cara, vos y yo. Entrelazados, nos perdemos en nuestros cuerpos tibios que luchan y respiran al unísono, enredados en mil nudos de piel que no nos atan. La piel contra la piel, más vivas que nunca. Las narices se acarician involuntariamente, de a poco, cediendo ante la sensualidad de las pieles desconcertadas que se tensan y se mezclan, respiran, se agitan, ríen despreocupadas por cada poro, se desean. Tus manos recorren las extremidades de mi pelo, tocan mi cara serena: no querría estar en ningún otro lado en el mundo. Tus ojos punzantes me miran, de cerca, quietos, intensos al cruzarse con los míos, nos paralizamos en el calor de nuestras miradas: sos mío, al fin. Una luna llena mansa y la noche de verano se ha llenado de perfumes dulces con sabor a fruta ácida y un viejo jazz. Somos nosotros, los mismos de siempre pero distintos. Encapsulados en la fusión de nuestros cuerpos, somos nuestra propia existencia en el desierto del mundo. Somos miel y flores, una luna violenta estremecida sobre el agua, bestias salvajes y pétalos suaves. Somos pedazos de tiza rota esparcida sobre los dedos, ojos abiertos bien grande y piernas eternas que se frotan. Somos rayos de sol de mañana blanca y destellos de relámpago como luciérnagas en explosión. Somos amigos y amantes, libres y esclavos. Quisiera suspender el tiempo y quedar flotando en el aire así con vos en un espacio paralelo. Qué raro que seas vos y que sea yo, después de tanto tiempo, siendo los mismos de siempre pero distintos.
sábado, 26 de noviembre de 2011
jueves, 17 de febrero de 2011
La luz
El ceño fruncido, atónito, no puede entender. La garganta reprimida y ensimismada, una bola de fuego ha decidido instalarse entre sus profundidades, como si contuviese el universo entero ahí dentro pataleando violentamente por salir de esa jaula húmeda y oscura, liberarse, expulsarse con ímpetu sobre el lienzo blanco desafiante que tiene enfrente en un vómito repulsivo de manchas de todas las formas y colores más opacos y lúgubres. Una marea revuelta va subiendo ácidamente desde las entrañas, quema con el ardor de su paso, y luego, un grito apocalíptico que sale lanzado con fuerza de bala, expandiéndose y cubriendo el cielo gris, destilando enérgicamente toda la mierda de adentro, desatando ese monstruo interior que todos llevamos muy debajo de la superficie, como si toda la maldad de todos los hombres quedase al descubierto en ese intento desesperado de comprender algo, la vida. El llanto. El dolor. El alma rota. Mis ojos que lloran están rotos también, se deshacen en un mar de lágrimas saladas y amargas que van desdibujando suavemente el contorno de mis ojos, mis pestañas, párpados, como despidiéndose dulcemente, un triste y lento adiós, borrando los ojos de a poco de mi cara. Mi cara ahora está ciega. Para qué ver en este mundo si todo cuanto vemos es sufrimiento y lo más bajo de la miseria humana. El ceño sigue fruncido, no entiende cómo hacer para llevar a cabo la difícil tarea que queda: recolectar y recomponer los pedacitos de alma mutilada que han sido arrancados y tirados en algún lado. Entonces el ceño fruncido se pregunta, ¿y para qué? ¿Por qué? ¿Por qué a ellos y no a mí?
Qué frágiles somos. Nos armamos y fugazmente desangramos. Somos el pétalo de flor más fresco y bello, que luego se marchita angustiosamente en el olvido. Tan rápido. Algo tan lleno de vida ahora se cae al piso muerto, ya no puede sentir su latido, su respiración se ha disecado para siempre. Una flor rota, un cuerpo desangrado; hombre y naturaleza eternamente fusionados, pero fracturados y fríamente tiesos. Escucho una voz fantasmal hecha de agua a lo lejos. Son mis ojos que ya no existen, que, desde alguna parte del espacio, alguna galaxia lejana quizás, se jactan soberbios en su acierto: ¡te dije que era mejor no ver! Qué consolador es resguardarme en la blanca ceguera, aunque en el fondo me gustaría creer que ése no es el camino. Yo quiero ver. Yo quiero vivir. Vivir. VIVIR. Sé que no será mucho tiempo hasta que la luz vuelva a iluminar.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)