lunes, 8 de noviembre de 2010

Tu mar (mi mar)

Quiero escribir sobre vos. Vos. En realidad no sé quién sos. Pero me gustás. Y mucho. Me encanta mirarte. Me encanta cuando me mirás y nos miramos. Y entonces me siento un cíclope, atraída y fusionada en tus ojos de océano azul profundo, tan fresco (demasiado quizás), tan puro, tan frío ya, tan distante, tan inalcanzable. Me gustaría poder entibiar las aguas de tu mirada, que me regales aunque sea sólo por un momento una ola cálida que acaricie mi cara, mi cuerpo, mi alma, como si estuviese recostada en la orilla y el sol me pintase de dorado, cálidamente, lentamente, de a pinceladas suaves y finas, mientras tus olas mansas me envuelven, vistiendo y asomando por mi cuerpo desnudo, y me suspiran palabras suaves al oído.  Palabras que sólo yo puedo oír. Que sólo a mí van dirigidas. Puede ser un susurro solamente, que sólo se escucha en un rincón en una playa desierta perdida en el mundo. Las palabras doradas se derriten en mi nuca, como seres alados que juegan y revolotean dulcemente a mi alrededor y luego se desparraman, se diluyen, se extienden por debajo de mi cabeza como si fuesen almohada, y me sostienen plácidamente en tu lecho.      
Pero al fin y al cabo son palabras de mar. El mar es braveza, es rebelión, es intrincado. Tus olas ahora me pegan latigazos punzantes, me alejan, me hieren, como tomando conciencia de que el pacto acordado era tan sólo por algunos segundos efímeros, como si no me estuviese permitida tanta felicidad junta. Luchás por arrastrarme lejos de tu azul, llevarme al agujero negro en la arena, para apartarme para siempre y cerrarme la puerta a tu universo marítimo que se evapora frente a mis ojos tristes y cansados. Y entonces también hay agua en mis ojos, pero éste es otro tipo de agua. Es agua blanca, o plateada, y su luz no brilla, es opaca, los años la han desgastado y apagado, guardándola infinitamente en un cajón blindado y hermético. Mi agua blanqueada (sin color) cae río abajo con mueca de indiferencia y un sabor amargo, con qué poca gracia, lanzándose al vacío no porque quisiera hacerlo sino porque es lo único que puede hacer. Caer. Ya no con indiferencia sino con desesperada resignación. Quisiera dejar de ser cascada. Tan sonsa e insulsa, corriendo siempre en el abismo. Quisiera que me acojas en tu mar. Caigo en vos, en tu río, y tu río desemboca en tu mar. Es como si todo el agua del mundo fuese tuya, tus riachuelos, tus lagos, tus arroyos. Pero ellos siempre fluyen hacia vos. Tu tan inmenso y omnipresente vos. Vos sos mar abierto y yo al caer me materializo en un cajón cerrado de madera gruesa que flota sobre tu superficie y se moja, pero nunca atraviesa esa división impenetrable que marca el afuera y el adentro, yo estoy siempre por afuera. Jamás podría sumergirme, tan siquiera puedo chapotear sobre la superficie, porque soy pesado, la apesadumbrada carga que traigo conmigo no me deja mover, me paraliza, me asesina. Soy un cajón triste, inerte y sin vida, que flota desganado a la deriva sin esperanzas, sin pasión, sin deseos, sin un mañana. La vida se me escurre como el agua entre mis muros agrietados y ásperos, ese agua tan lleno de peces y flores de colores, ¡Ah! Ojalá pudieses lijar mi solidez y llegar a mi vacío interior, quiero llenarme de agua, de vos. Agua de mar, con sabor a sal, a algo, a cualquier cosa que tenga al menos gusto.
 Aunque estés revuelta, tomame, incluíme, arrebatame en tu oleaje furioso. Dame vida, llevame a las extremidades de tu hondura. Saname. Dame de beber de tu viscoso elixir. Rompé mi coraza de madera impermeable y astillada entre tu marea irascible, golpeame, despertame, abrí mis ojos eternamente cerrados en la penumbra. Mostrame que existe un camino mejor. Quiero ser parte de vos. Quiero explorar tu cosmos, descubrirte, conocerte. Dejame entrar, quiero que confluyamos en uno, ya no quiero flotar. Quiero delirarme en tus aguas, y abandonarme en tus profundidades, suspenderme, y volver a caer, pero esta vez caigo tranquila, entregada, en paz, porque sé que no  me voy a ahogar.
Ya ves, yo soy ser humano, soy cíclope, vuelvo a ser humano, soy agua blanca, soy cascada, soy cajón de madera. Y vos, siempre mar.

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